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Puerto Cabezas

Pedazos de historia, Puerto Cabezas

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Retazos históricos de Puerto Cabezas
 

La carbonería de la clase proletaria

Ya luce lejana, a punto de desvanecerse en la memoria, las vivencias de personas que habitaron Puerto Cabezas en una época en la que a la ciudad le tocó ser escenario de la vorágine maderera. Los pocos sobrevivientes de aquellos tiempos del apogeo maderero de la transnacional Nicaraguan Long Life Pine Lumber Company (NIPCO por sus siglas en Inglés) tal vez recuerdan en la distancia "la carbonería pública", sin que se lo propusiera la NIPCO, que quedaba en los terrenos que hoy ocupan el Consejo y Gobierno Regional Autónomo de la RAAN.

Ahí la NIPCO tenía las instalaciones de procesamiento y tratamiento de la madera de pino aserrada, que se conocía como green Caín. Consistía en sierras circulares de todo tipo y tamaños, que recortaban cada extremo de la tabla, dejándola a la medida de los requerimientos para la exportación. Los recortes caían en un canal metálico dispuesto de una gruesa cadena y aspas que al girar sobre engranajes movidos a vapor lanzaban por los aires los recortes, hasta una hoguera permanente.

Por las madrugadas una muchedumbre de proletarios llegaba a la gran hoguera que nunca dejaba de arder. Con rastrillos improvisados de madera rústica arrastraban trozos de madera ardientes fuera de la hoguera. Aquella gente pobre apagaba las brasas encendidas con agua acarreada desde una laguna artificial situada a poca distancia de la carbonería. Cuando ya estaban frías ponían las brasas apagadas en tinas, tanques y sacos para trasladarlas a sus casas.

Unos hacían esto para comerciar el carbón en el pueblo. Era una forma de subsistencia. Otros lo hacían para obtener un ingreso que aliviara su pobreza y sacar — como decían antiguas señoras —, para el gallo pinto, porque al mismo tiempo lavaban y planchaban ropa ajena calentando con ese carbón las planchas de hierro, que fueron reemplazadas años mas tarde por la plancha eléctrica.

Cuando no había mercado ni acaparadores

En la ya lejana década de los años cincuenta, cuando no había mercado municipal pese a que había Alcaldía, los productores que venían desde las comunidades del sector rural del municipio de Puerto Cabezas comerciaban sus productos, como granos básicos, bastimentos, cañas, cítricos y otros directamente, sin intermediarios, porque no existían los acaparadores que aparecieron más adelante.

El mercado se improvisaba en la fila de corredores del comercio. Había tiendas de chinos, que predominaban en la época. Todavía no habían surgido los comerciantes de las etnias mestiza, criollo y miskita, que proliferaron sin mucha prosperidad años mas tarde. Los pobladores se llegaban al sitio con variedad de recipientes para realizar sus compras del día.

De noche los productores, que eran predominantemente de la etnia miskita, tras hacer sus arqueos contables empíricamente, guardaban el dinero amarrándolo en las puntas de un pañolón de color que durante el día les servía para sujetar sus cabellos. Las mujeres se lo guardaban en el brasiere. Tendían sus colchas en el piso de madera y encima el mosquitero, y se metían a dormir o a amamantar a sus hijos lactantes, que generalmente acarreaban con ellas. De día y de noche la imagen más típica del naciente Puerto Cabezas eran aquellos campesinos que dormían plácidamente. Entonces la gente podía dormir con las puertas en pampa en una ciudad sana.

La juventud de antaño y sus formas de recreación

Hasta los últimos días de los años sesenta la generación de adolescentes y jóvenes se las ingeniaban para hallar la forma de divertirse y recrearse sin transgredir los patrones culturales y tradiciones que observaban e imponían los progenitores y tutores. Estos a su vez los habían heredado de sus antepasados. Eran costumbres adoptadas del Pacífico de Nicaragua, de donde procedían mayoritariamente los primeros habitantes de la Costa Atlántica.

Una de forma de diversión eran "las lunadas". Grupos de jóvenes o familias enteras se organizaban durante las noches de luna llena. Los lugares predilectos eran las graditas, la parte alta del guindo, donde hoy hay un caserío rodeando al bar Malecón, otros buscaban las playas con marea baja, La Bocana, la Arenera de Kambla, las llanuras cercanas a Tuapi o Séptimo Puente, por donde hoy queda URACCAN. Las muchachas se encargaban de encender los fogoneros o si hacían fogatas, los varones les llevaban las brusquitas de leña y arbustos que abundaban a lo largo del guindo que bordeaba la playa marítima.

Infaltable como recreación cándida de ese tiempo eran las serenatas al lado de la ventana de la muchacha pretendida, una compañera de escuela o la vecinita. No era casual que se dieran casos en los que ellas le decían a algún guitarrista que les llevaran una serenata. Aunque algunos padres y suegros se incomodaran también disfrutaban del cancionero.

Había quermeses que organizaban regularmente organizaciones sociales de beneficencia y religiosas, y fiestas familiares los fines de semana con platos de vigorón, tajaditas, pinkipinki (guarón en una mezcla de jugo de toronjas y clavo de olor). Se bailaba con toca discos de 45 RPM que alquilaban los varones, que con una cuota módica financiaban la fiesta. Estas costumbres se extinguieron con el devenir de los años al emerger las discotecas.

Toda una era de vigorón, mondongo y nacatamal

 El vigorón de La Manuela:

Ahora transcurre apacible y distrae sus días en la cotidianidad de su hogar en el barrio Peter Ferrera, antes Los Barracones, sobre la carretera de salida. Ahí doña Manuela Reyes, acaricia recuerdos de cuando desde horas de la tarde cargaba los maritates que colocaba bajo la sombra de dos robustos almendros frente al Teatro Bragmans, del señor Abelardo Blanco.

El mondongo de Doña Amalia:

Aunque hasta estos días sigue siendo parte de un menú común apetecido y popular entre todas las clases sociales, aun queda gente, que recuerda con nostalgia el mondongo que doña Amalia Carballo preparaba en los fines de semana y días festivos. Esta señora vendía su mondongo a domicilio. También lo servía solícitamente en su casa del barrio Pancasán, contiguo a donde hoy es el MINSA. Ahí había mesas y tabancos en el patio, bajo la sombra de árboles de naranjas, cocoteros y frondosos mangos. Un rústico letrero anunciaba el negocio de doña Amalia: "Mondonguería".

Doña Manuela Reyes tendía un mantel sobre la mesa, donde colocaba los instrumentos de trabajo: la pana con la yuca cortada en trochos cuadrados, el huacalón con los chicharrones de torreja y carne, la pana con la ensalada y el frasco con el chilero de cabro. En la otra pana estaba el caldo que vertía y completaba el vigorón servido en hojas de almendra.


La clientela era constante. De día la gente se sentaba en las bancas, bajo la sombra. Por las noches de pie mientras esperaban el tercer pitazo del cine, que anunciaba el comienzo de la película.

Doña Manuela recuerda que aquel vigorón se vendía rápido. ¿Por qué? Porque lo preparaba sabroso y daba bastante. Cada ración costaba solo cinco ríales (cincuenta centavos) de entonces.

El nacatamal dominguero:

De hacerse un inventario culinario se podría concluir que en Puerto Cabezas a estas alturas existen mas de treinta nacatamalerías dispersas entre el centro y periferia de la ciudad. Pero pese a los más de cuarenta años transcurridos, siguen marcando la pauta dos de estos establecimientos: Doña Rafaela Paya Gutiérrez y doña Sarita Holmes Jarquín, La Sarita. Entre ambas es posible que completen un poco más de 150 años de edad y juntas han compartido el prestigio que les granjearon la calidad y aderezos de sus nacatamales.

Tanto doña Paya como doña Sarita, residentes del barrio 19 de julio y la calle García o de Los Siete invadida por un anexo del mercado municipal, mantienen la tradición de sus nacatamales domingueros o por encargos especiales. Ambas los aderezan con carne y masa de maíz cocido, no de fábrica, tomates, cebollas, papas, orégano, hierba buena, culantro y arroz, empacados en auténtica hoja de nacatamal. Según estas expertas este tipo de hoja le da un sabor inconfundible al nacatamal.

A su edad ellas no dejan la tradición por genuina vocación. Ellas mismas los hacen y a ratos dirigen a sus hijos y nietos, por lo que el sabor y la calidad de sus nacatamales sigue inalterable. Pero lo que sí ha cambiado es el precio: en aquellos tiempos costaban un córdoba. Hoy, diez.

Refrigeradoras de madera y cinc

En los tiempos cuando la Standard Fruit Company poseía la primera fábrica de hielo de Puerto Cabezas, lo producía en cantidades industriales. Cada bloque o maqueta pesaba cien libras. Las familias, comiderías, cantinas y refresquerías podían comprar bloques de 12.5, cincuenta y cien libras. Cada libra costaba 25 centavos. Entonces las cajas hieleras eran las refrigeradoras de la clase media.

Las hieleras se hacían con un cajón de madera de doble forro, rellenadas con aserrín, selladas con láminas de cinc liso. En el fondo del cajón había un orificio para que por ahí desaguara el hielo que volvía a ser agua líquida. La hielera se alzaba sobre un pedestal de cuatro patas y se sellaba herméticamente. Las hieleras fueron muy populares en la época cuando en Puerto Cabezas era floreciente y casi monopólico el comercio chino, que no dependía de ellas porque tenía la capacidad de tener sus refrigeradoras compradas a plazos.

Las comiderías y refresquerías envolvían cualquier cantidad de hielo en un saco de bramante o yute, un material fibroso parecido con el lino o el tuno, y lo cubrían con aserrín. Así, el hielo pasaba varias horas sin derretirse. Se le extraía de la hiciera sólo cuando se deseaba picarlo en fragmentos o preparar un raspado con miel. Para esto usaban un raspador o cepillo de metal o un punzón.

Las cajas hieleras fueron contemporáneas con las cajas musicales o vitrolas, instrumento de cuerda como los relojes, precursoras de los fonógrafos, y las consolas. Eran los tiempos cuando la energía eléctrica domiciliar y la tecnología del transistor todavía era un sueño lejano.

Hotel Bolaños: El pionero en la línea

Fue don Frutos Bolaños, venido de Granada, quien fundó el primer hotel de categoría en Puerto Cabezas en un edificio de dos plantas. Contenía todo el confort posible y tenía un anexo independiente que daba servicio de bar, cafetín y comedor para los huéspedes y público. Estaba en el centro de la calle comercial, donde años después se construyó la discoteca Jumbo.
 

Cuando la familia Bolaños regresó a su ciudad de origen el hotel fue dado en arriendo a un costarricense conocido como Mamilo, quien siguió operándolo como Hotel Bolaños y le agregó un servicio de alquiler de bicicletas, que se rentaban a dos córdobas por hora cada una. Esta rama del fue de efímera duración.

Un hijo de don Frutos Bolaños, que era ingeniero civil, volvió para hacerse cargo del hotel y lo administró durante algún tiempo hasta su venta a los recién llegados comerciantes chinos, los hermanos Alfonso y Hugo Chow, quienes reactivaron el negocio bajo el nombre de Hotel Unión. Los nuevos dueños establecieron una tienda miscelánea de lujo donde estuvo el bar comedor. Con la proliferación de otros hoteles y casa privadas de hospedaje así como de pensiones, el Hotel Unión decayó y fue cerrado definitivamente. El abandonado y ruinoso edificio fue demolido y en el predio se construyó lo que en nuestros días es la discoteca Jumbo.

Tradiciones que se extinguieron

Numerosas, entrañables e infaltables en las conversaciones eran diversas tradiciones de Puerto Cabezas desde poco después de su fundación. Se trataba de costumbres que emigraron junto con pobladores llegados de distintas ciudades del Pacífico del país. Algunas se han venido extinguiendo o menguando.

En la época de Cuaresma, que iniciaba el miércoles de Cenizas y culminaba el domingo de Pascua, era habitual que entre vecinos y familiares se obsequiaran ricos manjares y viandas. Entre los más apetecidos estaban el curvará o almíbar elaborado con pina, jocotes, mangos, ayote en miel, sopa de queso o sopa borracha, queramiel, marquesote de maíz tierno, tamales pixques, el relleno, tortilla güirila y rellena, todo acompañado de fresco de pinol, tiste o tibio.

La devoción era tanta en Cuaresma y Semana Santa que los días se guardaban rígidamente. Los mayores decían a los hijos que no escupieran el suelo ni lo golpearan porque en esos días Jesús era crucificado en el Calvario y sepultado. Ninguno se atrevía a infringir ese mandato, observado por varias generaciones hasta que los nuevos tiempos y la desaparición quienes habían traído esas tradiciones desde pueblos lejanos habían fallecido.


Algunos dejaron descendientes que siguieron la senda trazada por sus padres,
pero la invasión de otras culturas de naciente arraigo regional también los absorbieron y hoy esas tradiciones sólo dejaron un recuerdo desteñido y la evocación.

Don Carlos Sang pionero de las rocolas y del Quinto Patio

Don Carlos Chale Sang Sáenz (q.e.p.d) perdurará en la memoria como el pionero que introdujo entre 1958 y 1960  a Puerto Cabezas en la era del entonces más avanzado toca-discos en 45 RPM.: la rokonola o rocola. La primera marca que se conoció en esta ciudad fue la AMI MUSIC.

Si la rocola fue una novedad, también lo fue el primer salón bar con pista de baile que se construyó en Puerto Cabezas. Se llamaba el "Salón Quinto Patio", quizás porque estaba de moda en esos días el bolero compuesto y vocalizado por el autor mejicano Fernando Fernández, que triunfaba junto al Charlestón, la Rumba, el Merengue. Era cotidiano escuchar a jóvenes y adultos tarareando trozos del bolero Quinto Patio tras los compases de la orquesta de don Luis Arcaraz, compatriota del cantante.

El "Salón Quinto Patio" era frecuentado en las noches por parejas de jóvenes que llegaban a tomarse un refresco o un ponche, y a oír la música preferida o bailar. Para lograr lo segundo echaban una moneda de chelín roja (veinticinco centavos) por una ranurita de la rocola, luego ponchaban dos botones, uno alfabético y otro numérico, que servían para clasificar cada disco situado en el interior de la fonoteca del aparato. Un brazo mecánico colocaba el disco en el torna mesa y al comenzar a girar caía sobre el disco otro brazo que portaba la aguja diamantada.

Don Chale Sang trajo más rocolas a la ciudad. Envió a don Enrique Ubieta, cons­tructor del Quinto Patio, a que las trajera y colocara en bares como los de Roland Hodgson, don Pedro Jiménez y Chepita Rivera de Sopall. También fue parte del negocio del transporte de pasajeros con la empresa "Romero-Sang". Sus autobuses recorrían la ruta Puerto Cabezas-Waspam. También participó en el negocio maderero con un aserradero que tenía una sierra sin fin. Ahí se aserraba sobre todo madera de caoba.

La Bobs Cola vino antes que la Coca Cola

Antes que a Puerto Cabezas vinieran los refrescos embotellados, como los de las grandes embotelladoras nacientes de Managua (Iron Beer) y Chinandega (Súper), los porteños tuvieron el privilegio de consumir los refrescos envasa­dos de la Bobs Cola en varios sabores. Las botellitas de cuatro onzas parecían juguetes.

Quien inició la fabricación de lo que se conoció entonces como la "chibolería" fue don Raúl Ibarra, que tenía la fábrica en su casa de habitación, sobre la calle que conduce al aeropuerto, frente al barrio El Cocal. Era un edificio de madera de dos plantas. Ahora hay ahí numerosas construcciones de concreto. Don Raúl distribuía la Bobs Cola en una camioneta de tina y tolda marca Ford, idéntica a la de la Panadería Manolo.

Al enfermar don Raúl sus instrumentos de trabajo fueron comprados por don Zacarías Rodríguez, quien continuó fabricando la "chibola". Siguió contando con los servicios del operador de las máquinas y componedor de las fórmulas: el señor Pedro Peña, quien al desaparecer la fábrica durante el primer incendio grande de Puerto Cabezas, que ocurrió al quemarse el edificio donde don Zacarías Rodríguez tenía una agencia naviera, una botica y su residencia, se dedicó a la fabricación de elementos de concreto, tuberías, ladrillos en mosaicos y bloques en el patio de su casa, donde fue el Savoy. Aún se puede ver, ya vetusta, la edificación en el barrio Barracones, hoy Peter Ferrera.

Cuatro clubes, dos clases sociales

Los dos primeros clubes sociales que hubo en Puerto Cabezas fueron fundados por las empresas bananeras y ensanchados por las madereras transnacionales. A lo mejor no había una intención de división social o de discriminación en este hecho. Uno fue el Club Social, erigido donde hoy está el edificio de ENITEL. Cuando el edificio quedó abandonado al marcharse la NIPCO se convirtió en escombros y más tarde fue demolido. Con el edificio se extinguió una clase social encabezada por las familias Acevedo, Tijerino, Tejada, Sinclair, Castrillo y Rodríguez, entre otros. Los primeros presidentes del Club Social fueron el doctor Luis María Acevedo y don Tomás Tejada, el último fue don Ricardo Pérez Ulloa.

Después del Club Social se fundó el Club de Obreros, que quedaba en la calle García, donde ahora están los tramos del mercado municipal. Sus cofundadores fueron don José Antoliano García, Ramón Balderramos y Sebastián Arana. A este club iban los chóferes, mecánicos, oficinistas de las empresas madereras, maestros e hijos de los anteriores cuando en los fines de semana celebraban tertulias o fiestas bailables, o cuando un miembro o sus hijos celebraban su cumpleaños, boda o bautizo.

Posteriormente se fundó el Club de Leones en el que no era requisito provenir de cierta estirpe o clase social. Este club con fines puramente altruistas y sociales fue construido cerca de la costa del mar, frente a la casa de don Juan Peters, cuando la franja estaba poblada de monte silvestre, icacos, y almendros. Su primer presidente fue don Humberto Zamora. Tiempo después el edificio en abandono fue convertido en cueva de maleantes y ocupado por unas familias venidas quién sabe de dónde.

El último de este grupo fue el Club de Servicio de Oficios Varios (SOV), fundado por don Rodolfo Mora López (q.e.p.d). Sus socios eran albañiles, mecánicos, carpinteros y similares. Este legendario edificio, cuyo techo no era de cinc sino de tejas de Santa María, ha conseguido sobrevivir a los embates del tiempo. Aunque desaparecida la clase social que le dio origen era punto de referencia en la única carretera que bajaba hasta el pie del muelle, donde los señores Juan Peters y Rodrick Bloomfields instalaron una empacadora de carne de tortuga.

El rico pan de hule amasado por un cubano emigrado
 

Emilio Gómez, hijo pan de hule
EmilioGómez, hijo pan de hule

Don Milio Manuel Gómez se enorgullece de haber heredado el apodo de "Pan de hule". Este pan se amasaba y horneaba en la "Panadería Manolo", cuyo dueño era su padre, un cubano que emigró de su país a Nicaragua en 1930. Aquí se asoció con José Emilio Neira, un ciudadano de origen español. Al darse el auge del oro en Siuna y Bonanza, Neira decidió irse en busca de fortuna y le vendió su parte del negocio de pan al cubano.

Su papá, recuerda Emilio Gómez, hizo pareja con una señora que había enviudado de un comerciante chino de apellido Nua, que desapareció en una de las trochas que llevaban a la ruta de Las minas. De la unión nacieron tres hijos.

La "Panadería Manolo" fue la primera  en Puerto Cabezas en implementar el sistema mecanizado y un horno que calentaban con desperdicios de madera proveniente de los aserraderos de la Bragmans Bluff y de la NIPCO.

Producían en cantidades industriales los moldes de pan Pullman, el de hojuela, el pan de coco, la empanada y la pupusa rellena de queso y azúcar; el pan especial, el de a córdoba, la galleta simple redonda, y la galleta dulce y cuadrada, que tenían gran demanda.

La gente llegaba a comprar directamente a la "Panadería Manolo", que contaba con servicio de distribución a domicilio para comiderías y el comercio, que era esencialmente chino. El encargado de la distribución se llamaba Sebastián Reyes, venido del Pacífico. Inicialmente el pan lo cargaban en sacos de bramante o yute, más adelante en un baúl forrado con lona, que se cargaba en una carreta, después en un carretón tirado por un caballo, hasta que un próspero don Manolo adquirió una camioneta de tina marca Ford de modelo antiguo y que servía para distintos propósitos.

La nueva esposa de Manolo Gómez, Isabel Sandino, continuó panificando unos años más hasta que apareció la segunda panadería, fundada por William Randolph Green, a la que con el crecimiento de la ciudad siguieron otras más. Don Manuel Gómez Coma, el pionero de la panadería en Puerto Cabezas se marchó a Estados Unidos dejando el recuerdo del "pan de hule".

El precursor de la ebanistería


En la gran mayoría de los hogares de Puerto Cabezas, en el comedor y la sala, las familias tenían como únicos muebles para sentarse los banquillos llamados "patas de gallina" en modelos de tres y cuatro patas. La gente más humilde las hacían ellas mismas con los ripios de madera que recogían en los depósitos de desechos del aserradero y cepilladora de la NIPCO.

Para esos días habían llegado desde Granada don Carlos Gómez y su sobrino Enrique Gómez. Al inicio trabajaron juntos, luego lo hicieron de manera independiente uno del otro, y en el proceso establecieron los primeros talleres de ebanistería. Fabricaron muebles de sala, comedores, roperos de dos y tres cuerpos, mesas de noche, chifonnieres, tocadores con espejos rectangulares o de media luna, de medio y cuerpo entero.

Don Enrique Gómez (q.e.p.d) también estableció el sistema que hizo accesible los muebles en los hogares populares. Consistía en la rifa de un juego de comedor o ropero todas las semanas, que se jugaba con todas las cifras del premio mayor de la Lotería Nacional. Los suscriptores, mediante el pago de diez córdobas, recibían una tarjeta enumerada. Luego pagaban cinco córdobas semanalmente que se registraban en las tarjetas de los abonados.

Si el número de una persona salía premiado con el sorteo de la lotería, se ganaba el juego de muebles o la pieza de su preferencia. Se lo entregaban inmediatamente pero tenía que seguir cotizando hasta completar el valor del mueble, que no pasaba de los quinientos córdobas. Los que no salían favorecidos continuaban abonando y al completar el valor de la pieza tenían derecho a escoger la que deseaban.

Aquellos muebles se fabricaban con herramientas manuales: cepillos, garlopas, garlopines, serruchos, trépanos, formones y diablitos. En vez de barnizados los muebles se maqueaban hasta que la superficie tuviera una apariencia esmaltada y brillante. El respaldo y asiento de los muebles se forraban con junco. Cuando don Enrique regreso a su pueblo, llegó el fin de la era de los muebles maqueados. A partir de entonces comenzó a proliferar la mueblería mecanizada, barnizada, pero ninguna ha podido igualar en calidad, estilos y creatividad a la de don Enrique Gómez.

La floristería de Miss Sussy

Distantes y desfigurados están aquellos tiempos cuando los ramos florales se hacían totalmente con flores naturales. Era común hasta los años sesenta ver pasar a la gente o comprar ofrendas hechas con flores naturales para adornar
los altares de las iglesias durante las festividades sacras o bodas, y para colocar sobre el sepulcro de un ser querido en el campo santo, y hasta como un símbolo de nupcias o noviazgo.

Los ramos se formaban con la más primorosa conjunción de colores y flores naturales y multicolores cultivadas en el hermoso jardín de Miss Sussy Christian, ubicado donde hoy es Clínica Bilwi. Casi en un peregrinaje la gente visitaba el hermoso jardín de Miss Sussy en busca de un ramo para obsequiar en una boda, o como adiós póstumo en un funeral.

Miss Sussy dedicaba a su jardín un tiempo e interés rayano en lo ritualístico. Los vecinos se extrañaban cuando no la veían rodeada de sus nietos recorriendo los surcos de su jardín — que crecía al frente de la vivienda y del patio trasero —, tijera en mano, podando o cortando malezas, o con el paniquín con el que regaba con agua a sus famosas plantas.

En el jardín de Miss Sussy florecían en maceteras o en rectos surcos abonados con estiércol de caballo, desde la Rosa China de pétalos que podían ser blancos azules y rosados, el Jazmín, el Clavel de intensa fragancia, los Alhelíes, hasta la Flor de Mayo y otras variadas especies. No era extraño ver retoños del jardín de Miss Sussy floreciendo en nuevos jardines regados por toda la ciudad.

El Chap Meat del chino Mateo

Cuando afloró el comercio chino en Puerto Cabezas uno a uno fueron estableciendo sus tiendas misceláneas Panchito, Chopin, William, Chow Land, Frank, Luis Chacón, Camilo y Yee Kee, Caín, Higinio, todos de apellido Chow. ¿Un clan o dinastía china en Nicaragua?

Al mismo tiempo, en una hilera que conformaba la calle comercial central de la ciudad, establecieron sus comiderías Joe Wong, Ramoncito, Mateo, Casim Chow, y Alfredo Woo. El menú era variado, sin llegar al bistec, el tallarín, el chop suey y el chow-ming, que surgieron después con los primeros restaurantes Luna Nueva, de Luis Chacón Chow, el de Francisco Tom, el Siete Mares, de Erick Chow, y Salón Sujo, de Jorge Sujo.


Eran las comiderías donde el plato de demanda era el Chap meat, que era un arroz con carne aderezado con cebolla, chiltoma criolla y repollo. Se freía con manteca de cerdo y pimienta. Lo servían en los mesones para comer o empacado para llevar. Lo acompañaban de dos pancitos de harina y soda. El servicio costaba un córdoba con setenta centavos de entonces.

Ahí comía gran parte de los trabajadores de las empresas madereras de campo, talleres y otros, que llegaban a comprar el delicioso Chap meat del chino Mateo y las galletas de Joe. Esas cocinas populares fueron absorbidas al aparecer las primeras cocinas públicas que antecedieron a los restaurantes.

La gruta, de Poza Azul desafía al tiempo

Por algo dicen que la roca de granito es tenaz y valiente como un centurión romano o un soldado griego extraído de la Ilíada, y desafía los tiempos. Para el creóle Júnior Kennedy un ejemplo viviente e inmóvil es la "Gruta de Poza Azul", erigida como santuario de la virgen María Auxiliadora a orillas de la carretera a Waspam, frente a la entrada de Poza Azul. Desde su nicho adosado en la cúspide de la mole de granito bendecía a los transportistas que salían o ingresaban a Puerto Cabezas de día o de noche.

La Gruta de la virgen María Auxiliadora fue construida por la familia Tejada Mejía, rememora Júnior Kennedy. El, junto con Milio Gómez y Cristóbal Álvarez y Marvin Foster, extrajeron de los yacimientos de las lomas de piedra negra de Santa Marta, las rocas pequeñas o medianas para almacenarlas en el llano cercano a la carretera. Emplearon mazos de hierro y espátulas y patas de chancho o macanas para quebrar las piedras grandes en pedazos manejables. Cada mañana salían a las cinco y volvían con una carga de bolones a Poza Azul a las seis de la tarde. Descargaban la piedra en el sitio donde se levantaría el santuario de granito de la virgen.

Al final se transportó todo el material en un cabezal con trela. Don Tito Tejada contrató los servicios del constructor Manuel Solís y su hijo Víctor "Tortuga" Solís Rossman para construir una gruta de granito que tenía la rara forma de una pirámide originalmente costeña. En la cúspide se dejó un nicho que contenía una caja de caoba maqueada forrada con seda y satín por dentro. La caja tenía una puertecita de vidrio. En su interior la Virgen permaneció día y noche, vigilante y bendiciendo el camino de los caminantes.

La familia Tejada-Mejía era devota de María Auxiliadora. Por ello y a pesar que profanos y sacrílegos o herejes se robaron tres veces la imagen, al recuperarla la volvían a colocar en su pedestal. Cada 24 de marzo se celebraba una procesión multitudinaria y una liturgia frente a la gruta. La familia emigró a Granada y este sacro culto llegó a su fin, pero la gruta sigue en el mismo sitio retando al tiempo.

El  envejecido y altivo palo de uva

Ha envejecido más de cincuenta años pero aún añoso, rugoso, de robusto tronco, réplica del que llevó al hombro días y noches el gran Caupolican, retorciéndose sin lamentos, las ramas del palo de uva siguen elevándose al cielo, en plena floración. Misteriosamente creció a un lado de la carretera, a la salida de la ciudad, en el patio de la familia Obando.

Es algo formidable que han contemplado y contemplarán anteriores y posteriores generaciones. Los que lo vieron chiquito, tejieron sus romances a su sombra, otros prestaron sus ramajes para guarecerse del sol o la lluvia, y hasta tejieron la leyenda de que en el tronco del Palo de Uva, como se le conocía a este punto de referencia o de citas, salía una mona. Decían que el animal se sentaba en el tronco para asustar a los trasnochadores. Ese mito le dio más renombre al lugar porque poca gente se atrevía a pasar por ahí  sólo y por las noches.

Cuenta la familia Obando que tienen más de 40 años de vivir ahí y cuando llegaron el palo de uva ya estaba creciendo a la par de un palo de almendro, que fue desramado. Han querido tumbar el palo de uva pero ellos lo impiden por el derecho de preservación de tal monumento y por estar en su patio. Afirman que esta planta tiene derecho a seguir viviendo.

Ahora el palo de uva se sostiene sobre un tosco y robusto tronco, que está lleno de cicatrices porque la gente llega a cortarle un poco de su corteza para hacer remedios contra la diarrea. Recuesta sus pesadas ramas sobre el tronco almendro, que lo seguirá sosteniendo quién sabe cuántos años más, para seguirse cargando de flores y ristras, como todos los años, hasta convertirse en ricos racimos de uva silvestre, cuya especie en otras partes se está extinguiendo.

El Non-Fat  de Cáritas para mitigar la pobreza

La distribución del programa Non Fat del Programa Alianza para el Progreso, que favorecía a familias de escasos recursos cuando la pobreza no tenía alternativa tras el cierre casi simultáneo de las empresas transnacionales NIPCO y Standard Fruit, pudo obedecer a varios objetivos: Mitigar la pobreza de mucha gente y evitar la obesidad.

Los encargados del programa de distribución, previo levantamiento de un censo poblacional que se actualizaba todos los meses, eran el señor Humberto Zamora y su esposa doña Rosa Wilson de Zamora, quienes tenían la bodega debajo de su casa frente al portón de ENEL. Era una propiedad de la Standard Fruit Company, que ahora está ruinosa. Ahí atendían a los barrios durante las tardes y noches.

Las raciones de Non-Fat consistían en harina de trigo puesta en saquitos de arroba (25 libras), cereal de soya, trigo y corn milli, mantequilla y aceite en envases de lata de un galón, arroz en arroba, frijoles bayos y negros del tamaño de una cápsula de Biterra. Por eso les decían "frijoles Biterra".La gente también decía que estos frijoles tenían un sabor vitaminado, pues se habían diseñado para combatir la anemia. Pero confidencialmente se comentaba que más bien se debía a productos químicos cuya finalidad era la de esterilizar a hombres y mujeres, para frenar la explosión demográfica entre los pobres de Nicaragua y América Latina, lo que preocupaba al gobierno de turno de Estados Unidos.

Todos los envases del Non-Fat, con excepción de calzado y vestuario, tenían la inconfundible etiqueta emblemática de "Alianza Para el Progreso" y dos manos que se entrelazaban, al pie de la cual se leía: Donated by the people of U.S.A., and not for sale. Paradójicamente hubo un escándalo al descubrirse que en Managua comercializaban el Non-Fat. El programa de Caritas fue cancelado para siempre.


Algunos personajes típicos


Cobán:

Apareció un día que nadie recuerda, dicen unos que era descendiente de familia real de La Mosquitia, otros que venían del lado de Laguna de Perlas, así como de Tuapi y Krukira, pero nadie se atrevió a corroborar ni aportar datos fehacientes. Cobán — ¿nombre o apodo? no era mudo pero no hablaba con nadie, excepto don Zacarías Rodríguez, quien por filantropía o compasión lo acogía, le hacía mandados, lo alimentaba y lo dejaba dormir en una especie de bodega situada detrás de su casa.

Los pies de Cobán nunca supieron lo que era un par de zapatos. Caminaba siempre descalzo, con el pantalón remangado, cojeaba un poco. Su rostro era cuadrado y torcido hacia un lado. Nadie recuerda cuándo ni dónde murió, ya que al marcharse su benefactor, desapareció de la misma forma que llegó, dejando tras él únicamente su nombre: Cobán.

Tiburcio:

Era de cuerpo fornido y cara grotesca, cubierta de espesa, tupida y desordenada barba, que denotaba que nunca supo lo que eran el agua y el jabón. En su boca había uno que otro diente. Como Cobán lo aventajaba en el desaliño de sus ropas, lo único que hacía cuando los cipotes lo seguían por las calles y le gritaban "¡Tiburcio!", Lanzaba unas carcajadas que parecían de loco, aunque no era violento ni agredió a nadie.

Tiburcio dormía a la intemperie en los corredores del comercio chino, sin más cobija que el cielo, la noche y el techo de los corredores. Perennemente cargaba un galón vacío de leche Klim, donde echaba en revoltijo todo lo que le regalaban en las cocinas del mercado o familiares. Sus largos dedos de uñas mugrosas daban cuenta de la mezcla mientras se carcajeaba. Nadie recuerda cuándo ni donde murió.

Spirit:

Hasta su muerte en los años finales de la década de los noventa llevó una vida apacible, sin familia ni amigos, sin preocupaciones, porque para él se cumplía la sentencia evangélica de: no es preocupéis por mañana, porque cada día tiene su propio afán.


Esa fue la filosofía que le ayudó a "Spirit" (Wilmor Wilson)
a vivir. Su origen es también un misterio. Aparte de mandados que le hacía a ciertos comerciantes chinos, nunca supo lo que era un trabajo estable, aunque gente más antigua asegura que Spirit alguna vez fue un hombre de mediana sociedad, preparado, pero que al dedicarse a leer el Black Book o Libro de Magia Negra quedó alienado. Desde esas lecturas se pasaba el día recorriendo los corredores de las tiendas, de punta a punta, con un trocito de periódico que recortaba y guardaba con celo. Leía y releía algún párrafo o frase que le gustaba, como "cada tema con su loco y cada loco con su tema", o "el que nunca ha tenido y llega a tener, loco se ha de volver". Leía y releía al caminar por los corredores, aunque a veces se sentaba para hacerlo, y si algún chavalo por maldad le arrebataba su leyenda, furioso lo perseguía hasta que se fatigaba. Mal parado habría quedado el atrevido si Spirit le hubiera puesto las manos encima. Hubo veces en que la intervención de otras personas rescató de sus manos a más de un chavalo. Nadie le conoció más familia que una caritativa señora que vendía vigorón y lo cuidaba: Miss Richaina.

Chóferes que abrieron ruta a comunidades

Aparte de los camiones K-7 de trela con que las empresas Nollan y NIPCO acarreaban las trozas de pino, la flota vehicular pionera del transporte de los pequeños productores de comunidades rurales cercanas a Puerto Cabezas se reducía a dos camioneros. Uno era de Mister Rabbing, que con su camión Ford de plataforma cubría la ruta a Lamlaya varias veces al día, desde las cinco de la mañana. El otro era de Mister Hubbert Foster, que tenía un camión que él como mecánico fue armando, innovando y adaptándole piezas de las más diversas marcas. Su ruta era Sisin-Tuara-Boom-Sirpi. La gente lo esperaba a la orilla de la carretera. Por falta de vías de penetración desde las plantaciones cargaban a hombros sus productos. Carga y pasajeros eran trasladados a Puerto Cabezas hacia lo que fue el primer mercado: los corredores de las tiendas chinas.

Cuentan que una vez mandaron a Mister Rabbing a dejar una madera a otra comunidad que no era Lamlaya, su recorrido de rutina. Al llegar al empalme que lleva hacia esa comunidad, por más que forcejeó con el timón para seguir hacia Kambla éste no obedeció y siguió hacia Lamlaya, metiendo a Mister Rabbing en tremendo lío, del que nadie cuenta como salió.

Tiempo más tarde se inauguraría la ruta Puerto Cabezas-Waspam, siendo el primer transportista Jorge Salaverri, mecánico de aviación de cuando la TACA y La FAN S.A. tenían sus estaciones en el aeropuerto internacional. Poco tiempo después le siguió el chinito King Chow, pero por poco tiempo, quedando solo don Jorge Salaverri como amo del transporte de mercadería para el floreciente comercio de Waspam en tiempos de los Brautigham y de la empresa tunera y hielera Rigley, de Mister Kerr.

El convento, madre Lucrecia y Sor Teresita
 

Convento Carmelitas
Convento Carmelitas

El doctor Francisco Mongalo construyó junto a su residencia de dos plantas donde es El Pelícano, contiguo a la Gasa Cural Católica, un edificio que sirvió de convento para las primeras monjas de la orden Carmelitas a cuya cabeza estaba su hija Sor María Teresa. Esta fue una residencia temporal mientras terminaban la construcción del primer convento erigido con concreto, y que era de dos plantas, tenía una capilla, dormitorios para las novicias y un internado estudiantil.

Sor María Teresa se precipitó a tierra durante un recorrido de inspección a la planta de la obra que aún no había concluido. La monja se fracturó una pierna en dos partes. Fue internada en el hospital de su padre, el doctor Mongalo, y luego fue llevada a Granada para su convalecencia. Volvió sólo ocasionalmente cuando el Convento Carmelitas ya estaba funcionando a plenitud bajo la Rectoría de la Priora Superiora de la Orden, Madre Lucrecia, de origen mexicano.

El convento fue construido en tiempos del Vicario Apostólico de Bluefields, Monseñor Mateo Niedhammer, quién años más tarde fijó también su residencia frente al costado del convento. Esta residencia fue demolida para dar paso al complejo de la Escuela Maureen Courtney.


Dos cipreses flanqueaban el portal de entrada al convento, como parte de un
amplio jardín que completaba la fachada frontal. Ahí las novicias hacían tertulias de oración. Al fondo estaban las plantas destinadas a dormitorios. Le decían Orfanatorio y albergaba a unos sesenta internos llegados desde comunidades en las que no existían escuelas. Sus padres los mandaban a formarse con las monjas Maryknoll en el Colegio Niño Jesús, construido casi al mismo tiempo que el primer Convento de Puerto Cabezas.

Los carritos Ford de la era del crank y llantas sólidas

Si era un acontecimiento ver sobre las calles del recién nacido Puerto Cabezas uno que otro vehículo, ver los dos carritos Ford de los primeros modelos de antes de la Segunda Guerra Mundial fue toda una novedad. Tenían una cabina separada de la plataforma y techada con lona cuadrada, guardafangos abultados, y combados, llantas sólidas de rines delgados y con rayos de bicicleta. Para encenderlos había que darles "crank".

Su dueño era el entonces Alcalde Municipal, el ganadero don Paco Jarquín, quien según se cuenta los compró de un extranjero no se sabe de qué nacionalidad. Estos dos Ford se encargaban de trasladar la mercadería del muelle hasta las bodegas del comercio chino, también llevaban la carne del rastro a los expendios de doña Mercedes Arauz — donde hoy está la Clínica Dental del doctor Ariel Trujillo,  don Wilson Taylor, Carlos Hurtado y Mister Ratri, que estaban en el mercado Municipal.

Al morir don Paco Jarquín de un paro cardiaco que le ocurrió mientras estaba sentado sobre una letrina ubicada en el patio de su casa, los dos Ford los heredó su hijo Juan, quién siguió en los mismos menesteres hasta que compró otro camión de mayor capacidad y de modelo más avanzado. Los dos Ford fueron a parar a un garaje con la esperanza de que si la fábrica Ford se enteraba de la existencia de estos primeros modelos los adquiriría para conservarlos como reliquia de museo, y la familia Jarquín ganaría una excelente remuneración que incluiría un modelo del año más reciente.

Eso no pudo ser porque los dos Ford, con la invasión gradual de otras marcas de vehículos, fueron vendidos y terminaron uno desbaratado tras un aparatoso vuelco, y el otro por falta de repuestos terminó sus días tirado en el patio de la casa del dueño hasta que el tiempo y intemperie lo redujeron a chatarra.

De cómo se perdió el modelo arquitectónico de la Standard Fruit Company

El último incendio de gran magnitud, casi un cataclismo, tuvo lugar el 2 de mayo de 1967. El primero había sido fechado imprecisamente en 1957. El segundo consumió las residencias y comercios de madera del centro de la ciudad, y provocó el advenimiento de las modernas construcciones de concreto y bloques de cemento con que los dueños reconstruyeron sus devastados edificios.

Esa modernidad que anunciaba la era de nuevos y modernos estilos de construcción, gradualmente fue cambiando el paisaje urbano de la ciudad de Puerto Cabezas. Echó a perder el modelo de urbanización que impuso la Standard Fruit Company en el sector llamado "la Zona Americana", que empezaba donde hoy está ENITEL y corría hacia la parte sur, abarcando las tres grandes avenidas que convergen a la entrada de El Muelle, el único barrio que existía entonces.

Los tres diferentes modelos de las edificaciones de la Zona Americana de la Standard y la Bragman Bluff Lumber Co. se erigían a ambos lados de las tres grandes avenidas. Eran totalmente de madera, ventanas de vidrio, corredores cerrados con cedazo que protegía de los insectos. Estaban dotadas de cañería para agua. Una cerca delimitaba sus linderos y más allá había andenes de tierra para el paso peatonal. Gozaban de alumbrado eléctrico domiciliar sin costo para los inquilinos, que eran empleados menores y de mayor rango de las compañías.

 

Al marcharse la Standard Fruit Co. todo pasó a manos del Infonac y posteriormente el Banco de la Vivienda de Nicaragua (BAVINIC). Las viviendas fueron vendidas a precios de subasta o donadas, y entonces vinieron las demoliciones para construir con cemento por temor a otro incendio como el de 1967. Los nuevos dueños, rompiendo las reglas de urbanización, se tomaron las aceras y colocaron sus cercas a la orilla de las calles. El ejemplo lo siguieron los habitantes del sector norte de Puerto Cabezas conocido como Bill Way y llegaron el caos y el desorden, y Puerto Cabezas creció, prosperó, pero se desurbanizó irremediablemente.

Casa Parroquial San Pedro obra de capuchinos españoles

Cuando la Santa Sede Romana estableció el Vicariato de Bluefields el 2 de diciembre de 1913, nombró como Primer Vicario al obispo catalán de la Orden Capuchina San Francisco de Asís, Agustín Barnaus y Serra, quien en hasta el 24 de febrero de 1931 fue sustituido por el obispo Matías Sola y Farrel, quien falleció en febrero de 1942. Sus restos descansan en Bluefields.

Entonces el sacerdote capuchino, norteamericano Mateo Niedhammer, nacido en 1901 en Nueva York, fue consagrado Obispo del Vicariato en Bluefields, en la Catedral de Saint Patrick, asumiendo el Vicariato en septiembre de 1943. Para entonces el Párroco de la parroquia de San Pedro, en Puerto Cabezas, el español Berardo, a quién el nuevo Vicario sustituyó con el primer sacerdote norteamericano: Francis Busalt.

Para entonces los capuchinos catalanes habían construido la Casa Cural o parroquial que servía de residencia y oficina. Aún se conserva intacta después de cinco décadas. Al mismo tiempo se erigió el primer templo católico, anexado por un patio y un corredor a la Casa Cural, que fuera demolida al ser finalizada la nueva iglesia de cemento, que construida por el Hermano Franciscano Isidro, durante el parroquiado del Padre Florian Ruskamp.

Al padre Busalt dejó su lugar el padre Román Ament en 1943, siendo a la vez relevado sucesivamente por los capuchinos Casimiro Walsh, Feliciano Nelesen, y Wilfredo Bieberstein, entre otros, hasta la llegada de Florian Ruskamp, y Camilo Doerfler. Eran los tiempos cuando toda la liturgia católica se celebraba en latín. Antes del Concilio Ecuménico Vaticano Segundo todavía se de­cía: Pater Noster, e In lllo Tempore (Padre Nuestro y En Aquel Tiempo). Anualmente tenían el retiro espiritual, en el que se congregaban sacerdotes que concelebraban la misa en latín en la vieja iglesia: Gregory Francis Smutko, Niles Kaufman, August Seubert Germain Langwell, y Salvador Schalaefer entre otros.

Los biombos

Una secretaria y un divulgador de una oficina estatal en Puerto Cabezas se rieron con ganas y espontáneamente cuando les mostraron un poster gigante de publicidad de una película. Les dijeron que si hubiera sido en los viejos tiempos, como decir en 1940, el poster se habría podido usar para forrar por fuera y por dentro el "biombo" que separaba la sala del dormitorio de su casa. Dicho "biombo" les daría privacidad. Para evitar la promiscuidad en esos tiempos, en la mayoría de los hogares -- casi todos humildes, de jornaleros y domésticas o lavadoras de ropa ajena — se conseguían ripios o desperdicios de madera del Greenchain de la NIPCO con los que se hacía un marco que dividía la sala y los dormitorios. El marco se forraba con una tela que se fijaba con tachuelas. También se pegaban cartones y el envoltorio de los sacos de cemento, que se adherían con almidón. Para que aquel "biombo" luciera más elegante se lo forraba con recortes de fotografías de las revistas Cartel, Bohemia, Familia... El "biombo" quedaba así repleto de paisajes y fotos de abigarrados colores, incluyendo recortes de los calendarios.

Los "biombos" tenían distintas y llamativas formas, según la creatividad, ingenio y necesidad de la gente pobre que, además de satisfacer una necesidad, adornaba su sala mientras guardaba la intimidad de su dormitorio. Apenas los ricos podían comprar madera plywood para hacer este tipo de divisiones.

El uso de los "biombos" fue desapareciendo gradualmente hasta su extinción total, pero marcaron una época y una fase de la cultura e idiosincrasia de los primeros pobladores de Puerto Cabezas. La madera cepillada machihembrada y el plywood más otro escenario económico y cultural desplazaron a los "biombos".

Personajes para recordar
Tartamudeaba pero sereneateada a su novia

En realidad era un fenómeno fenomenal Osear Munguía, hijo de un pequeño comerciante que arribó a Puerto Cabezas del lado de Matagalpa por la pica porque no había trocha ni carretera para conectar con el Atlántico. No era tartamudo, sino requete-tartamudo. Encolochaba tanto la lengua tratando de pronunciar de corrido una palabra que sólo conseguía escupir sonidos lentos y saliva. Pero tenía un don que nadie se explica de dónde le vino. Era novio con una vecina también hija de comerciantes medianos venidos de León, y como no era feo el carajo, lo aceptaban con planes de casamiento. Por eso, además de las visitas de siete a nueve de la noche vigiladas en la sala por la cuñada o la suegra, tenía el privilegio de llevarle serenata los sábados o domingos, acompañado por un guitarrista, un requinto y un acompañante. En ese momento, comentaba un cuñado, a Osear Munguía se le olvidaba su tartamudez y cantaba como un digno émulo de Carlos Gardel o Lucho Gatica.

El pan de la paloma del Chele Green

Se sabe que vino de Siuna, pero solía contar que antes había estado un montón de tiempo trabajando en compañías petroleras en Yucatán y Tampico, México. Se supone que un tío suyo, Juan J. Gómez, alias Mister Chap o Chapulín, lo trajo. El Chele Green era barbero, sastre, albañil, y fabricante de vino de marañón. Su nombre de pila era Guillermo Gutiérrez Gómez, y mientras daba lustre a los zapatos en el corredor de la barbería de Edmundo Santana, era hábil inventando chistes o chiles "coloraditos", como solía decir.

Un buen día dejó el banquillo y la caja de lustrar y agarró una carreta con llantas infladas con aire comprimido, y con un baúl tipo bucanero del Caribe, forrado e impermeabilizado con lona salió a vender pan, primero de don Manolo Gómez y después de mister William Randolfph Green. La gente aún recuerda su pregón matutino, que lo convirtió en una de las figuras más típicas de la ciudad: "¡Aquí van el pan de hule del viejo Manolo y la galleta simple!" "¡Aquí va el pan del Chele Green, amasado con sudor de sobaco!". En un rato terminaba el cajón de pan de Mister Green.

Las dos únicas alcaldesas

Nadie se hubiera imaginado a una mujer en la vida pública cuando era un mito que a la mujer se le concediera un lugar en los quehaceres de la vida que trascendiera las labores domésticas: cuido del marido y los hijos, el lavado de la ropa de cuando se usaban el almidón y el azulillo y se planchaba con carbón fogonero y planchas de hierro.

Pero ahí está el ejemplo de las dos primeras y hasta ahora únicas mujeres porteñas que han logrado ser Alcalde de Puerto Cabezas, un hecho sin precedentes que le tocó protagonizar a las señoras Narcisa Mena de Blanco y Amada Morazan viuda de Zelaya, esposa del empresario de cines don Abelardo una, y la otra cónyuge del cabo Zelaya.

Eran los tiempos cuando los alcaldes no eran elegidos por el voto popular sino por el partido de turno en el poder. Cuando a doña Narcisa le tocó sustituir a don Alberto García, el alcalde vitalicio que a su vez había reemplazado a don Paco Jarquín, encabezó la lista de Munícipes por los partidos de la oligarquía: el Liberal (tres votos) y el Conservador (dos votos. Doña Narcisa fue una mujer emprendedora, como su sucesora Amada Morazan, con sus Munícipes Pedro Jiménez, Manolo Prado y Enrique Ubieta, con los que construyó el Matadero Municipal, amplió los mesones del mercado y la red de agua potable, y mandó derrumbar el puente San Pedro.

Doña Amada Morazan desarmó el vetusto edificio de madera de la Alcaldía, que tenía cuatro corredores en su contorno, y construyó el edificio de concreto. El diseño y construcción fueron realizados por el maestro de obras Enrique Ubieta. Este edificio fue remodelado a partir del año 2002. Durante su administración se construyó la primera glorieta en el parque, dedicó ingentes recursos al mantenimiento de las calles y construcción de puentes y alcantarillas, y oficializó el alumbrado público, entonces en manos de Enaluf, fundó la Escuela Nocturna Municipal donde hoy es el Fisco, y la Escuela de Corte y Confección.

Fueron las dos únicas y primeras mujeres alcaldes municipales, cuando la mujer talvez era discriminada y marginada de las grandes tareas y hasta se hacía difícil determinar como llamarlas: alcaldesas.

El primer observatorio meteorológico

Presentación actual donde fue Centro de Meteorologia
Donde fue Centro de Meteorología

El primer meteorólogo de Puerto Cabezas, José Rossman, recuerda que cuando ni siquiera sospechaba que estudiaría esa carrera en Brasil, ya existía en Puerto Cabezas un observatorio meteorológico establecido por el gobierno norteamericano a través del Centro Nacional de Huracanes de la Florida. Uno de los primeros observadores que se recuerda, relata Rossman, era un ciudadano de Roatán, Honduras, Amoldo Clark, quien adiestró a su asistente don Alfondo Aguilar, quien se hizo cargo de la estación. Aguilar combinaba la labor de observador con su trabajo de administrador del Club Americano en tiempos de la Standard Fruit Company, que estaba a corta distancia del observatorio y de Las Graditas, que descendían hasta la playa.

Don Alfondo a su vez fue adiestrando a sus hijos Adán y Floyd Aguilar, quienes a su debido tiempo lo reemplazaron. En esos tiempos, refiere José Rossman, cada hora se lanzaban globos (chimbombas grandes infladas con helio) desde una torreta de observación situada sobre el techo del edificio de concreto. Sus movimientos eran seguidos con un telescopio especial llamado aerología. A cada minuto  hasta que el globo se perdía de vista se anotaba la velocidad y dirección del viento, y la densidad y altura de las diferentes capas del aire. Estos datos se remitían al Centro Nacional de Huracanes cifrados en números, y utilizaban para elaborar los pronósticos del tiempo para la navegación aérea.

Ese método dejó de utilizarse. Ahora se recurre a un globo que porta un aparato ultra moderno que recoje los datos de temperatura de la atmósfera, humedad, velocidad y dirección del viento.

Completaban los equipos de aquel observatorio meteorológico aparatos como el anemómetro, que sirve para
medir la presión atmosférica, auxiliado del anemosismógrafo, que registra los datos en una pantalla gráfica, el
termógraf
o que mide la cantidad de lluvia caída, y define si la precipitación había sido una llovizna o chubasco y cuánto tiempo había durado la precipitación.

Más tarde el observatorio pasó a ser administrado por el Ministerio de Defensa y luego por INETER, ahora cerca del Aeropuerto Local, quedando vacío el edificio del primer centro meteorológico de Puerto Cabezas.

Como en aquellos tiempos los datos de esta estación son remitidos a un centro nacional donde los expertos elaboran un pronóstico del tiempo vi­gente por 24 horas. Este producto es muy útil para la navegación aérea y acuática, y para la siembra y cosecha.

La evolución dé la educación pública y privada

La educación pública y privada empezó a evolucionar en la década de años cincuenta del siglo XX, con docentes empíricos, religiosos y laicos, como Graciela Céspedes, Mercedes Castrillo, su hermana Yolanda, Adelaida Sandino y Dora Bravo, entre otras. La enseñanza estatal se inició en una casa particular alquilada por la familia Jarquín Arguello. Luego de ser demolida se construyó lo que hoy es Hotel Escorpio. Ahí se impartieron clases desde el nivel de preescolar y primer grado bajo la dirección del profesor Carlos Zepeda. El aprendizaje de la lectura era con los libros "Silabario Catón", y "El Libro Mantilla", de los que primero se deletreaba y después se leía de corrido. Cuando en el año de 1953 J. O. Dyal, un maderero norteamericano, construyó la primera escuela pública de seis aulas para estudiar una primaria completa, el estado contrató nuevos maestros, bachilleres y empíricos, y a los primeros educadores egresados de la Escuela Normal Franklyn D. Roosevelt, de Managua y luego de Jinotepe. Entre estos a Carlos y Ernesto Rodríguez. El edificio de aquella primera escuela era de madera. Las aulas estaban comunicadas por un amplio corredor

El Colegio Cristiano Católico fue fundado por el Obispo Mateo Niedhammer, Vicario de la Diócesis de Bluefields, con el nombre de Colegio Niño Jesús (C. N. J.). Funcionaba en un galerón de madera rústica que servia de taller para Monseñor Mateo. No contaba al inicio con mobiliario, y las lecciones y tareas en clase se copiaban de un pizarrón a un pizarrín. Los trazos se podían borrar con la mano.


Para 1950 el Vicario Mateo mandó a traer a las Monjas de la orden de Santa
Inés de la Congregación de Fond-Du-Lac, Wisconsin, Estados Unidos, las que inmediatamente comenzaron la construcción de un edificio de concreto para albergar el Colegio Niño Jesús, sobre el que había otro de madera. En la planta baja había siete compartimientos divididas en dos secciones, que albergaban la educación primaria desde el nivel de Infantil. En la planta alta había un amplio salón para actos, fiestas y la realización de las veladas que preparaban las Madres de Santa Inés. La población de apenas cuarenta alumnos fue creciendo paulatinamente hasta llegar a matricular más de doscientos alumnos. La creciente población escolar de este colegio permitió organizar la primera banda escolar, compuesta por 24 miembros e instrumentos diversos. Frente al edificio las monjas acondicionaron varias manzanas de terreno frente, era el campo deportivo que se aprovechaba en las fiestas de septiembre y para las carreras de cintas durante las fiestas patronales de San Pedro.

Pasa el tiempo, la gente cambia

Los hermanos Pinner Salmintan y Jimmy — no son gemelos pero tienen idéntica pasión por sus trabajos, y piensan generalmente en sus apreciaciones de la vida. Tienen casi la misma edad: Salmintan, 76 años, y Jimmy, 74 años. Soldadores y torneros ambos, han heredado su oficio a sus hijos varones. Por eso se han "medio retirado" y solo de vez en cuando, dice Jimmy, mete la mano para no aburrirse.

Rememora Jimmy Pinner que cuando tenía 14 años de edad ya usaba pantalones. La costumbre era que los menores de edad lucieran pantalones cortos. Por esos años entró como aprendiz de tornero en los talleres de la Standard Fruit Company. Servía como ayudante de Mister Connolly, un maestro norteamericano del que aprendió mucho hasta convertirse en tornero y soldador completo. Jimmy considera que aquellos maestros no eran envidiosos ni egoístas y le enseñaron cuanto sabían. Los tiempos no pasan en balde, dice Jimmy. Ahora tiene sesenta años en el oficio y varias generaciones de ayudantes que pasaron por sus manos, incluyendo a seis de sus hijos, que tienen sus talleres propios y siguen la tradición de enseñar a otros.

Aquellos tiempos eran buenos, recuerda Pinner. Había más tranquilidad, la juventud casi nunca podía irse a Managua para seguir estudiando. Algunos llegaban a tercero, a cuarto grado, y cuando no pues se conformaban con leer aunque fuera cancaneando y a escribir garabateando, a sumar, restar, dividir y multiplicar, suficiente para un soldador y un tornero. Eso sí, subraya Pinner, desde cipotes aprendían a hacer todos los oficios de la casa. Ayudaban a sus padres. La costumbre de aquellos tiempos era entregar a los padres íntegramente lo que te ganabas, y ellos se ayudaban para la comida.

No recuerdan los hermanos Pinner que entonces se irrespetara a los mayores. Si se los encontraban en la calle le hacían un saludo reverencial juntando las manos (santito) acompañado de unos veneradores "buenos días". Si la mamá te sorprendía ignorando esta costumbre con las visitas de la casa, de seguro que después te daban una apaleada con una faja y te mandaban al cuarto para que te arrodillaras.

Las muchachas no salían embarazadas hasta que se casaban o se metían con su pareja, cuando ya se trabajaba y ganaba para el agua de los bananos y el gallo pinto, y habías construido una casita, comprado la cama de lona y las patas de gallina para el comedor y la sala. En esos tiempos no se podía soñar con camas de colchón o muebles enjuncados. No había domingo en el que alguien se quedara sin ir a los servicios en tu iglesia. De lo que te daban tus padres para merendar, ¡Dios te guarde, exclama Jimmy: que no dejaras para el diezmo!

Las casas, la gente y los tiempos han ido cambiando. Jimmy acepta, resignado, que no es lo mismo antes que ahora. Muchas costumbres y valores se han ido perdiendo, aunque eso no quiere decir que la gente sea mala, lo que pasa es que se van modernizando, y hasta uno que ya es viejo se ha adaptado a la cocina de gas, al televisor, al refrigerador, a los vasos de vidrios y platos de cristal, a la luz eléctrica en lugar de lámpara tubular, la de quinqué, el candil o la candela. La única que permanece intacta, dice ufano, es la devoción cristiana y la profesión de fe en Dios.
 

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